Y, lo que es más dañino, esos etiquetajes hacen correr a la ciencia económica el riesgo de ser concebida como una ciencia sin consenso, cuyas enseñanzas se pueden obviar sin consecuencias. Significa olvidar que los economistas de alto nivel (sean cuales sean sus opiniones personales, que son diversas) están de acuerdo en muchos temas, al menos sobre lo que no se debe hacer, ya que no siempre están de acuerdo en lo que se debe hacer. Y menos mal, porque, si no hubiera una opinión mayoritaria, la financiación de la investigación en economía sería difícil de justificar a pesar de los colosales retos para nuestra sociedad que son las políticas económicas. Las investigaciones y los debates tratan, por el contrario —es lo propio de la investigación—, sobre temas que los economistas comprenden menos bien y que son, pues, propicios a alcanzar un consenso limitado. Y, no hace falta decirlo, el consenso puede y debe evolucionar a medida que la disciplina avanza.
Jean Tirole
“La economía del bien común”
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